La curva favorable

27 06 2007

Algunos no tendrán ni pajolera idea de lo que este título significa. Sólo aquellos más allegados a mí (pocos), mi familia y mi media naranja pueden imaginar el significado que esconden esas tres palabras. Y es que, tras vivir durante algunos (muchos) meses a caballo entre noches taciturnas y dichosas, es ahora cuando veo venir una nueva etapa de mi vida. De nuestras vidas.

Atrás quedaron muchos momentos desagradables, decisiones importantes que darían un vuelco a las situaciones de aquél entonces, malos tragos… Y es por eso que, ahora que lo que veo llegar es infinitamente mejor que todo lo pasado, siento que la curva en nuestras vidas sólo puede subir. Sólo puede ser una curva favorable.

Al niño le toca madurar y salir del nido. Adiós papá, adiós mamá. Me voy con una chica que me ama, que me alegra la vida y me permite sacar cada día de mi corazón todo un cargamento de amor deshinibido. Ha llegado el momento de saber lo que significa vivir en pareja, cuidar al cien por cien de mi niña (y de “mi” niño), superar los problemas que podamos encontrarnos en el camino y encauzar nuestras vidas hasta alcanzar ese punto soñado, en el que lo más triste que te pueda pasar es que no tengas un duro en el banco a fin de mes, pero que en casa tengas todo lo necesario para ser una persona feliz. Que puedas vocear sin reparo alguno, ni duda que por asomo exista, que el rinconcito más feliz del mundo se encuentra entre tus cuatro paredes. De fomentar en nuestra pequeña familia todo un aluvión de valores que conviertan al pequeñajo en un chavalín ejemplar, sano y educado, de vivir con mi mujer y llenarla de rosas todos los días, de obstinarme sólo en ver una sonrisa en su carita y sentirme realizado al ver que tras esa puerta gruesa, tosca y pesada, existe un conjunto de sentimientos y sensaciones tan positivos como el mismo nirvana.

Comienza una nueva etapa para nosotros, peluche. Vamos a poner todo de nuestra parte para hacer de esta aventura toda una fantasía. Porque la ilusión de todos los días, cariño mío, es verte feliz.

Ocho mil millones de besos ;-)





El egoísmo de querer que tu madre siga viva

26 06 2007

Os transcribo un fragmento de “En tiempo de prodigios”, el libro que me estoy leyendo. Es un poco largo, pero ya que os lo he tecleado letra a letra desde sus páginas, me gustaría que lo leyérais…

Escena en la que Cecilia, una mujer de treinta y cuatro años y protagonista de la historia, va a visitar al anciano Silvio, el abuelo de su mejor amiga. Éste se ha quedado solo por un tiempo y nuestra protagonista se compromete a visitarle a menudo para que la soledad no le apabulle. A Cecilia se le murió su madre hace poco tiempo, y en la última conversación que tuvo con Silvio, éste le comentó que posiblemente, la muerte de su madre era lo mejor que podía pasar en aquellos momentos, con lo que Cecilia se marchó indignada, llorando y terriblemente triste. Ahora, vuelve a visitar al viejo.

Pasé a la sala. El abuelo estaba allí, solo, mirando por la ventana. No parecía haber oído el timbre de la puerta ni mi conversación con Lucinda, su sirvienta. Como mi primera tarde en aquella casa, pude mirarle sin que él me viera: el perfil limpio recortado en la tarde de otoño, el cabello blanco, las manos nudosas y los ojos fijos en quién sabe qué, como si estuviese esperando algo. O quizá comop si pensase que no había nada que esperar, puesto que todas las cosas ya habían sucedido. Así que esto es la vejez… Pensé.

-Hola, Silvio…

Apartó la vista de la ventana, y la forma en que me miró hizo que entendiese hasta qué punto había sido implacable con él la otra tarde, al marcharme de aquél modo.

-Cecilia, hija…

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me acerqué a Silvio y le dí un breve abrazo cuando se levantó a saludarme. Olía a loción de afeitado y a jabón de La Toja.

-Pensé que no ibas a volver…
-Qué tontería…
-Pero siéntate. Lucinda traerá el té en seguida. ¿Hace frío en la calle? ¿Quieres que subamos la calefacción?

No sabía si me merecía todos aquellos mimos, pero los acepté de buen grado. Lucinda apareció con la bandeja de la merienda, nos sirvió el té, el bizcocho y se retiró igual que siempre, en su particular silencio… como si se hubiese desvanecido en el aire.

-Cecilia, hay algo que quiero explicarte. Es por lo del otro día…

Yo no necesitaba aclaraciones. Sólo quería olvidar lo que había pasado y mi lamentable comportamiento. Las excusas de Silvio no harían si no avergonzarme todavía más, y ya me encontraba suficientemente arrepentida tras haber sacado los pies del tiesto.

-En realidad, soy yo la que tiene que explicarse -le dije-. No debí haber reaccionado de esa forma… Había tenido un día horrible, ¿sabe? Y supongo que…

Silvio me interrumpió.

-No, eso es igual. Pero me gustaría que entendieses a qué me refería cuando dije que quizá era mejor que las cosas hubieran sucedido así con tu madre.
-Le aseguro que no es necesario.

Silvio se pasó las manos por los ojos.

-Pues yo creo que sí. Dame unos minutos, ¿de acuerdo? -Desvió la vista y, apoyando la espalda en el sillón, volvió a mirar por la ventana-. Verás, mi mujer… la abuela de Elena, tu mejor amiga… también murió de cáncer.
-No lo sabía. Lo siento mucho. -Era una frase torpe. Elena debía haberme advertido de aquella coincidencia.
-Sucedió hace tiempo, antes de que Elena naciera. Carmen estuvo enferma durante casi doce años. A ella le diagnosticaron el tumor
en una exploración de rutina. Carmina era muy joven y no reaccionó bien cuando supo lo que le ocurría a su madre. Ya sabes lo que viene cuando te dicen que tienes cáncer: quimioterapia, bomba de cobalto, la incertidumbre de las revisiones… Mi hija no estaba preparada para lo que se nos vino encima. Y se hundió. No puedo explicarte el daño que aquello le causó a Carmen. Creo que el ver así a su hija fue para ella mucho peor que el propio cáncer. Carmina adoraba a su madre. Intentaba ayudarla, pero, sencillamente, era incapaz. Le faltaban años, experiencia, sentido común, fortaleza… Ésas son cosas que uno aprende poco a poco, y ella tuvo que asumirlas de un solo golpe, en mitad de su paso a la edad adulta. Lo llevó muy mal. Mucho peor que Carmen su enfermedad. Después, cuando ella murió, a Carmina le costó mucho superar la convicción de que había sido incapaz de ayudar a su madre.

No sabía muy bien a dónde quería llegar Silvio.

-Perdone, pero no sé que tiene que ver todo esto conmigo.
-El otro día me dijiste que tu madre no se hacía revisiones y por eso el diagnóstico de su enfermedad llegó tarde. No apruebo ese
comportamiento pero, por otro lado, te ahorró mucho tiempo de dolor. Uno años importantes, Cecilia. ¿Puedes imaginar lo que es crecer y madurar mientras se arrastra la rémora de una enfermedad grave? ¿Crees de verdad que hace ocho, nueve años, hubieses sido capaz de plantar cara a lo que os pasó? ¿Estás segura de que no te hubieses hundido para siempre, como le ocurrió a mi hija? No conocí a tu madre, pero a lo mejor ella hizo su elección conscientemente. En esos años se estaban poniendo los cimientos de tu vida, Cecilia. De tu vida y de la vida de tu familia. Cualquier cosa que ocurre a los veinte años te cambia el futuro sin contemplaciones. Las madres saben eso. Y tu madre también lo sabía. Supongo que no quiso torcer vuestro destino.
-¿Y cree usted que no lo hizo al morirse tan pronto?
-Claro, pero no tanto como si tu vida hubiera empezado a tambalearse nueve, diez años atrás. ¿Cuántos tenías tú entonces?
-Veinticinco. Tengo dos hermanas menores.
-Intenta recordar lo que hacías entonces. -Y ante el gesto cansado que no pude reprimir, insistió-: Vamos, haz un esfuerzo.

Volví atrás en el tiempo. Veinticinco años. Acababa de ganar una beca para pasar un trimestre en Oxford. Fue allí donde conocí a su nieta, Elena. En ese momento, y por primera vez, me di cuenta de que, de haberse declarado la enfermedad de mi madre, no hubiese aceptado jamás aquella estancia en Inglaterra. Silvio parecía haberme leído el pensamiento.

-Cecilia, piensa en todas las cosas buenas que os sucedieron en esos años. Buena parte de ellas no hubieran ocurrido si tu madre os hubiera dicho que estaba enferma.

Aquella tarde hice balance de todos los pequeños y grandes acontecimientos que habían marcado mi vida y las de los míos en los últimos nueve años. La boda de mi hermana. Los primeros tiempos de mi relación con Miguel. Los libros que ilustré, el premio que me dieron en Italia, los viajes por Europa. Las fiestas familiares donde no había ni una sombra que amenazase la alegría general. La sensación, muchas veces, de tenerlo todo. El nacimiento de mi sobrina. Las vacaciones en el campo. Las navidades. La certeza de moverme en un terreno seguro y firme donde cada cosa estaba en su sitio. Si la enfermedad de mi madre hubiese aparecido en su momento, ¿qué hubiese ocurrido con nuestras vidas? Mi hermana, seguramente, no hubiese aceptado un trabajo en Madrid, y, en consecuencia, no habría conocido al hombre con quien se casó después. La niña no habría nacido nunca. Yo también hubiese vuelto a casa. No había entrado en contacto con aquella editorial que me encargó el primer libro de cuentos. Quizá habría dejado de dibujar. Tenía tantas dudas sobre todas las cosas hace ocho años, que sólo la solidez del mundo que me rodeaba me había impulsado a seguir adelante. No, definitivamente no hubiese continuado mi carrera como ilustradora de haber estado moviéndome en un terreno resbaladizo. Hoy no tendría mi casa, ni mi estabilidad económica, ni tantas otras cosas a las que, de eso sí estoy segura, renunciaría sin dudar a cambio de que mi madre estuviese viva. Porque nada podía consolarme por haberla perdido, ni había ninguna cosa material capaz de compensar su ausencia.

-¿Sabe, Silvio? Es que yo preferiría no tener lo que tengo, y que mi madre no hubiese muerto.
-Bueno, tú sí, pero no puedes saber lo que preferiría ella. ¿Fuisteis felices en esos años, Cecilia? Pues cada momento de esa felicidad os lo regaló ella. Optó por dar la voz de alarma cuando erais adultos y ya habíais encauzado vuestras vidas. No sé si fue una decisión equivocada, pero fue su decisión. No hagas reproches a su memoria, Cecilia. Respeta lo que hizo, y dale las gracias. Y entiende que, aunque tal vez no eligió el camino más correcto, su error fue simplemente un acto de amor hacia vosotros.

Silvio me había cogido de la mano. No sé si era consciente de que sus palabras habían despertado en mi interior una paz desconocida, una tranquilidad de espíritu que no había sentido en ningún momento de los últimos meses.

-Era una mujer maravillosa -le dije.
-Estoy seguro de eso. Y para tí es una suerte poder recordarla de ese modo. Supongo que eso es lo importante: lo que dejamos en los demás, la memoria que queda de nosotros.

Estuve un rato así, aferrada a la mano de Silvio mientras pensaba en mi madre y en todas las cosas espléndidas que habíamos vivido juntas en estos años. Por primera vez me sentía libre de toda la rabia y la amargura que en los últimos tiempos habían estado emponzoñando mi interior. Sabía que, en adelante, iba a llorar cada vez que evocase aquella tarde junto a Silvio. Pero en ese momento, mientras acariciaba la mano nudosa del viejo y recordaba en silencio episodios vitales que había estado apunto de relegar al último rincón de mi memoria, no quería derramar una sola lágrima. Había reconquistado la serenidad perdida tiempo atrás. No era el mejor escenario para el llanto. Solté con suavidad la mano de Silvio, y luego, por primera vez desde que le conocía, le besé en la mejilla.

-Muchas gracias -susurré.
-No me las des a mí. Son los años, que al final resultan útiles.





De cómo una mente se merma

25 06 2007

Once y cincuenta y cuatro de la mañana de un veinticinco de junio de dos mil siete. No escribiré las cifras con números, pues intento ser lo más correcto posible y respetar las normas de ortografía y gramática tanto como pueda. Hoy es lunes, media mañana y me muero de asco. Bienvenidos a mi puesto de trabajo.

Hoy Carles, mi jefe más directo (y responsable del departamento de sistemas), está en Madrid. Como consecuencia de ello, el trabajo brilla por su ausencia, ya que él es el que se encarga de hacernos currar aún cuando no hay absolutamente nada que hacer… Así que tanto Rafa (que lleva dos buenas horas jugando al jueguecito flash de siempre) como yo llevamos toda la mañana sin hacer absolutamente nada. Me he mirado las páginas de deporte, de noticias, varios blogs de amigos y conocidos, me he mirado algún que otro vídeo de Youtube e incluso me he sentado detrás de Rafa a verle jugar. Incluso ahora me fijo y el resto del departamento está tocándose las pelotas… Cristina webeando, mirando páginas chorras y Charlie limpiando su ordenador personal, que ha traído a la oficina para pasarle el mantenimiento. Listo él, que sabe que si Carles hubiera venido hoy, no habría podido disfrutar de su extraña manía de limpiar con un trapito cada ínfimo cable de su pequeño ordenador blanco. Le pregunto el nombre de ese mini ordenador y, sonriéndome y frotándose las manos al mismo tiempo, me susurra “Mac Mini”. Que frikazo. Parece el nombre de una nueva hamburguesa del restaurante que todos conocemos.

Anoche dejé a Almu en casa a eso de las dos de la madrugada. Suele ser la hora habitual de la despedida hasta el día siguiente, momento tras el cual me marcho a casa y a dormir las pocas horas que restan para ponerme en pie de nuevo. Pero ayer no fue así; me puse a retomar la lectura que le debo al libro de Marta Rivera de la Cruz. El nombre del libro es “En tiempo de prodigios”, un libro que compramos tanto mi novia como yo, con la ilusión de hacer una lectura conjunta e ir comentando la historia capítulo a capítulo. Desgraciadamente, no todo se puede llevar adelante, y la lectura del libro ha quedado relevada a un segundo plano. Son tan pocas las horas libres que tenemos fuera del trabajo que prácticamente todas  las intentamos pasar juntos… Así que la lectura, para cuando nos aburramos. Pobre libro, con lo interesante que parece y el poco caso que le hacemos… Así que lo dicho, madrugada a madrugada, intentaré hacerle un poco más de caso y así conseguir terminármelo.

No dejo de aburrirme. No entiendo como un puesto como el mío puede ser tan tranquilo y aterradoramente silencioso. Podrían poner un hilo musical, por lo menos. No sé, los guardias de seguridad tienen, al menos, un televisor, una radio… Y yo tengo Internet, y aún así me muero de asco. Cristina no para de hablar por teléfono, Charlie enchufa ahora su flamante ordenador con nombre de hamburguesa chic y rafa sigue enfrascado, casi metiendo la cabeza dentro del portátil, en su juego de torrecitas y misiles. ¿Y yo? ¿Qué hago yo aquí? Me preocupa esto, soy de los que no para quieto, de los que necesita tener trabajo para trabajar y tener presión para distraerme… Pero eso al resto no parece ocurrirle; están tranquilos, disfrutando del aire acondicionado, del silencio y la calma que reina hoy en esta oficina. Yo, sin embargo, no dejo de mover los pies en señal de protesta por esta inaudita calma. ¡Fujitsu! Dijo el ambiente.

Suena el ordenador hamburgueso con ese impoluto color blanco; “¡Arranca!” comenta Charlie con esa cara de satisfacción. Dios, se parece a mí cuando gano cinco euros en www.miapuesta.com, que me pongo más contento que unas castañuelas. A veces me da miedo y todo.





¡Welcome Back, Sir!

24 06 2007

Debido a cambios en mi vida, a la melancolía que me suscitaba ver este blog empolvado y al nuevo arranque que he tenido de “contar cosas”, reabro este blog para continuar lo que un día comencé. Sin prisas, pero sin pausas, poco a poco volveré a inundar miles de millones de pantallas con las palabras que salgan de esta cabecita. Tengo mucho que contar, y seréis testigos de ello.

Un saludo, sé que siempre estuvísteis ahí.