Once y cincuenta y cuatro de la mañana de un veinticinco de junio de dos mil siete. No escribiré las cifras con números, pues intento ser lo más correcto posible y respetar las normas de ortografía y gramática tanto como pueda. Hoy es lunes, media mañana y me muero de asco. Bienvenidos a mi puesto de trabajo.
Hoy Carles, mi jefe más directo (y responsable del departamento de sistemas), está en Madrid. Como consecuencia de ello, el trabajo brilla por su ausencia, ya que él es el que se encarga de hacernos currar aún cuando no hay absolutamente nada que hacer… Así que tanto Rafa (que lleva dos buenas horas jugando al jueguecito flash de siempre) como yo llevamos toda la mañana sin hacer absolutamente nada. Me he mirado las páginas de deporte, de noticias, varios blogs de amigos y conocidos, me he mirado algún que otro vídeo de Youtube e incluso me he sentado detrás de Rafa a verle jugar. Incluso ahora me fijo y el resto del departamento está tocándose las pelotas… Cristina webeando, mirando páginas chorras y Charlie limpiando su ordenador personal, que ha traído a la oficina para pasarle el mantenimiento. Listo él, que sabe que si Carles hubiera venido hoy, no habría podido disfrutar de su extraña manía de limpiar con un trapito cada ínfimo cable de su pequeño ordenador blanco. Le pregunto el nombre de ese mini ordenador y, sonriéndome y frotándose las manos al mismo tiempo, me susurra “Mac Mini”. Que frikazo. Parece el nombre de una nueva hamburguesa del restaurante que todos conocemos.
Anoche dejé a Almu en casa a eso de las dos de la madrugada. Suele ser la hora habitual de la despedida hasta el día siguiente, momento tras el cual me marcho a casa y a dormir las pocas horas que restan para ponerme en pie de nuevo. Pero ayer no fue así; me puse a retomar la lectura que le debo al libro de Marta Rivera de la Cruz. El nombre del libro es “En tiempo de prodigios”, un libro que compramos tanto mi novia como yo, con la ilusión de hacer una lectura conjunta e ir comentando la historia capítulo a capítulo. Desgraciadamente, no todo se puede llevar adelante, y la lectura del libro ha quedado relevada a un segundo plano. Son tan pocas las horas libres que tenemos fuera del trabajo que prácticamente todas las intentamos pasar juntos… Así que la lectura, para cuando nos aburramos. Pobre libro, con lo interesante que parece y el poco caso que le hacemos… Así que lo dicho, madrugada a madrugada, intentaré hacerle un poco más de caso y así conseguir terminármelo.
No dejo de aburrirme. No entiendo como un puesto como el mío puede ser tan tranquilo y aterradoramente silencioso. Podrían poner un hilo musical, por lo menos. No sé, los guardias de seguridad tienen, al menos, un televisor, una radio… Y yo tengo Internet, y aún así me muero de asco. Cristina no para de hablar por teléfono, Charlie enchufa ahora su flamante ordenador con nombre de hamburguesa chic y rafa sigue enfrascado, casi metiendo la cabeza dentro del portátil, en su juego de torrecitas y misiles. ¿Y yo? ¿Qué hago yo aquí? Me preocupa esto, soy de los que no para quieto, de los que necesita tener trabajo para trabajar y tener presión para distraerme… Pero eso al resto no parece ocurrirle; están tranquilos, disfrutando del aire acondicionado, del silencio y la calma que reina hoy en esta oficina. Yo, sin embargo, no dejo de mover los pies en señal de protesta por esta inaudita calma. ¡Fujitsu! Dijo el ambiente.
Suena el ordenador hamburgueso con ese impoluto color blanco; “¡Arranca!” comenta Charlie con esa cara de satisfacción. Dios, se parece a mí cuando gano cinco euros en www.miapuesta.com, que me pongo más contento que unas castañuelas. A veces me da miedo y todo.
Doy fe que es una putada aburrirse en el curro. “Ay pobrecitos que se aburren los nenes” pensará mucha gente en plan sarcástico (o en plan Gregory House) pero ciertamente es frustrante no tener nada que hacer, y eso que yo no soy tan nervioso como Jose. Yo ya llego a un punto que me busco el trabajo, me leo manuales sobre cosas que seguramente nunca tendré que aplicar y hago trabajos que no tendría por qué hacer. Pero bueno, aún así me considero afortunado de ser un mileurista que se aburre en su trabajo.